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Ya no te acuerdas de mí, ya no me quieres

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Ahora fueron las famosas ramblas de Barcelona, seis calles repletas de todo lo que puede estar una calle turística española: tiendas, bares, hoteles, putas, estanquillos, gente disfrutando del placer de vivir. Ahora fueron las ramblas de Barcelona por las que un orate adoctrinado se lanzó con un automóvil a ejercer el placer de matar, si enfermizamente existe. Como en Nueva York, como en Berlín, como en Niza, como en todos los lados en los que el terror ponga su mira. Una docena de seres humanos que no tenían militancia política alguna, al menos manifiesta, perdió la vida. Cien personas más se la andan jugando en los hospitales catalanes.

Barcelona ve agregar su nombre a la lista de los objetivos espectaculares del terrorismo en Europa: París, Bélgica, Berlín, Niza, Londres. ¿Cuál es la siguiente estación de este itinerario turístico de la muerte imbécil, que no existe de otra. Qué triste privilegio el de la Ciudad Condal. De íltima hora se me informa de cuatro muertos en Tarragona, en un acto también de aparente terrorismo. 

El presidente del gobierno español, Rajoy, lo dijo ayer en su discurso de la medianoche: este es un atentado global y la respuesta debe ser global. La soliaridad ante la matanza demuestra que todos estamos de acuerdo con él; el problema es que no sabemos cómo.

No solamente eso. Aunque no lo querramos reconocer, sabemos que la memoria nos va a traicionar. Hoy comenzó, a las cero horas de España, el luto de tres días con bandera a media asta y todo eso, que el país guardará. Los españoles, en cuanto otra barbarie, el feminicidio del día, la lucha por la patria potestad de unos hijos o la declaración más reciente de Trump cautive su atención, los muertos de Barcelona, la indignación por el atentado, la frustración por la impotencia e todos, habrán pasado a nuestra historia inmediata.

La rapidez con la que nos enteramos de la barbarie de Barcelona, con imágenes y sonido con enlaces y corresponsales, con mesas redondas y especialisas prestos a dar una opinión,se inscribe en la inmediatez mediática que es característica de nuestro tiempo. Conlleva, irremediablemente, memoria breve.

Más que pronto, los muertos de Barcelona se nos van a olvidar: ya tenemos en eso del olvido harta experiencia.

Me atrevo a pensar que tal vez es inevitable. La crueldad del género humano se resume en la frase de que el muerto al pozo y el vivo al gozo. Puede ser muy irreverente, pero el show de la vida debe proseguir. Ni las veladoras sobre las ramblas, ni la Torre Eiffel apagada en señal de duelo, ni las protestas y condenas más enérgicas van devolver una sola vida de las trece perdidas por el momento ni van a sanar las heridas de los pacientes. Peor aún: no van a impedir que a la lista de las ciudades atacadas por el terrorismo no se sumen los nombres de  Los Ángeles, Venecia, Estambul, México, San Francisco o Rio de Janeiro. El tinerario turístico del terror no tiene llenadera. Y nosotros no tenemos solución a sus actos.
Sólo nos queda la memoria. De corta duración.

PILON.-A lo único que debemos temerle es al miedo. Decirlo es fácil para alguien que se llama Franklin D. Roosevelt; a un mortal como yo, me da miedo apenas citarla. No obstante, si sucumbimos al miedo vamos a acabaar dándole la razón a los profesionales de la muerte. Y eso no lo queremos.
¿O sí?
 
felixcortescama@gmail.com

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