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Por Prado y Neptuno

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Las repetidas y estridentes torpezas del señor Trump nos han llevado inadvertidamente a inventar un falso perfil de su antecesor, Barack Obama, muy distante de la realidad. Es cierto que el negro tiene un carisma respetable del que el rubio carece, pero una revisión ligera de los hechos nos regresa al planeta tierra. Obama no fue ningún promotor ni defensor de la inmigración latina a su país; la revista The Economist lo bautizó atinadamente como el presidente deportador por el número de mexicanos que regresó a nuestra tierra al ser descubiertos sin papeles. Eso por citar sólo un ejemplo.

La diferencia es que Obama no hacía ostentación de sus políticas; no de todas. Pareciera que había escuchado el decir de mi abuela: los viejos hablan de loque hicieron, los pendejos de lo que van a hacer. Trump es exactamente lo opuesto: sabemos mucho más de sus intenciones que de sus realizaciones. Llevamos cerca de un año hablando de un muro fronterizo del que no existe un solo ladrillo y ha corrido mucha tinta sobre el TLC sin que por el momento haya cambiado nada.

Obama en sus postrimerías trató de enmendar un error permanente de la política de su país, el aislamiento de Cuba. Restableció a nivel de embajada las relaciones entre ambos gobiernos, y eliminó algunas restricciones para viajar a la isla o enviar dinero a los familiares que allá decidieron quedarse. Se restablecieron los vuelos comerciales entre Estados Unidos y Cuba y las pardas de algunos cruceros por el Caribe para beneplácito –entre otros prestadores de servicios al turismo- de las jineteras, que así se llama a las putas en Cuba.

En un desplante muy grato a la derecha extrema y añeja de Miami, Trump anunció estridentemente una orden ejecutiva más que da marcha atrás, en apariencia, a la mejoría en las relaciones de los dos países. Las embajadas siguen en su lugar, los vuelos siguen saliendo y llegando, los barcos encallando y zarpando, las jineteras jineteando. La retórica del presidente de los Estados Unidos exige que Cuba regrese al modelo democrático que él piensa que su país inventó: respeto a la disidencia, operación de partidos políticos y elecciones vigiladas por alguien de fuera. Más o menos lo mismo que la OEA está pidiendo al régimen de Maduro en Venezuela.

La política es el arte del engaño, como ejercía la engañadora,  aquella chiquita que cruzaba por las calles de Prado y Neptuno en el mero corazón de La Habana. Pero todo en este mundo se sabe sin siquiera adivinar; se ha sabido que en sus formas relleno tan solo hay. ¡Qué bobas son las mujeres que nos quieren engañar!

Me ocupo del tema porque personeros diversos del gobierno mexicano, encabezados por el improvisado canciller Luis Videgaray han insistido en abandonar la doctrina Estrada de la política exterior de nuestro país para exigir al gobierno de Maduro de Venezuela exactamente lo mismo que ahora Donald Trump pide al cubano: libertad de los presos políticos, respeto a la libertad de prensa y a la disidencia, elecciones libres.

Volviendo a los decires de mi abuela, lo que es parejo no es chipotudo. Yo insisto en que cada quien en su casa y Dios en la de todos, pero si ya vamos a meter las narices en donde no nos huele nada, si le exigimos a Maduro que se vaya no podemos alentar a Raúl Castro a que se quede.

felixcortescama@gmail.com

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