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Placas foráneas y políticos voraces

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El impuesto a placas foráneas es vilmente recaudatorio, lo cual quiere decir que no es justificado, lo cual quiere decir que es un robo amparado en el monopolio de la fuerza del Estado.

Los impuestos suelen corregir un problema social, limar la desigualdad o disuadir a los ciudadanos para que no cometan cierta acción poco o nada favorable a la mayoría de los mexicanos.

En el fondo, todos los impuestos sirven para arrimarle recursos al gobierno, cosa que estaría muy bien si la autoridad pública nos dijera en qué va a usar concretamente ese dinero. Pero el Estado siempre es ambiguo en el uso de los centavos, para robárselos mejor.

Peor en el caso del impuesto a placas foráneas. No se pretende corregir un problema (¿es un foco de inseguridad un vehículo foráneo más que un vehículo local?), ni limar la desigualdad social (¿nos hace más iguales diferenciando la compra de nuestro carro en Saltillo que en Monterrey?), ni es disuasorio (el dueño del vehículo arregla el asunto pagando 300 pesos mensuales para circular con libertad).

El impuesto a placas foráneas forma parte de la cultura del botín del México moderno (y tristemente de todos los tiempos). Es un vil asalto en despoblado.

Imagínese lector que el ejemplo cunda en otros Estados como Tamaulipas. Ya nos veremos detenidos antes de cruzar el puente internacional, por una patrulla de Reynosa, Laredo o Matamoros. Como si no tuviéramos bastante en la frontera con el crimen organizado.

eloygarzamandela@icloud.com

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