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Dentro de dos semanas pretende el Presidente Trump que se incie la revisión del Tratado de Libre Comercio entre los Estados Unidos, Canadá y México, pacto que ha reiteradamente calificado de funesto para su país, injusto y abusivo. En Madrid, antes de ser recibido ayer por el rey Felipe VII, el canciller Videgaray afirmó que México está listo para discutir la parte comercial del TLC.

Qué yo sepa, el NAFTA trata exclusivamente del libre comercio entre tres naciones sobernas que eliminan obstáculos al libre trato de sus mercancías entre las fronteras. Un libre tráfico que sin duda alguna ha beneficiado a los tres países; de ahí la queja de Trump. El déficit comercial de Estados Unidos con México es millonario. La inversión directa de la industria de Norteamerica en México ha crecido notablemente. No tiene ningún misterio porque los salarios artificalmente mantenidos bajos para la mano de obra mexicana hizo de nuestras maquiladoras un paraíso y de nuestras fábricas una maquiladoras.

De las palabras de Trump y de Videgaray infiero que hay algo más que comercio en este tratado. Condiciones políticas, alianzas, componendas y condiciones que luego se tradujeron en la prohibición de que camiones mexicanos de carga cruzaran la frontera a Estados Unidos con su mercancía o los aguacates de Michoacán de cuando en vez encontraran obstáculos.

Pero si hay letra chiquita en este acuerdo magno, México debe estar dispuesto a salir del clinch de las cuerdas para soltar también sus guamazos, que son el estilo de negociar del presidente actual de los Estados Unidos. Un anuncio espectacular en Madrid de nuevos contratos de inversión en energéticos con empresas que ya están aquí como IBERDROLA y su energía eólica o con la SEAT automotriz, con la industria alimenticia o con cualquier otra endidad española dispuesta a invertir sería un buen mensaje al Norte. Como lo sería cualquier nuevo proyecto con el mundo árabe, Japón o China. El caso es que el gobierno esté dispuesto a subirse al ring con los guantes puestos y la decisión de ganar, sin importar que el marido golpeador amenace con dejarnos.

PILON.- Los demagogos, comerciantes de la política que mangonean las siglas del PVEM marchan en tucán de hacienda en la Cámra de Diputados. Luego de acabar con el circo, que por siglos usó animales adiestrados en cautiverio para realizar actos de entretenimiento para los humanos, ahora quieren acabar con los delfinarios, que de la misma manera capturan, alimentan y desarrolan a delifnes bebés para luego entrenarlos en actos en los que solamente ejercen las cualidades y hábtios que les son naturales como el salto y la pirueta. Llevan las de ganar. Los otros corruptos –lo del agonizante PRI- ahora más que nunc requieren del apoyo electoral que supuestamente aporta el verde llamado ecologista. En las urnas reales de las elecciones –y lo veremos en junio en el Estado de México- las boetas marcadas con la vilipendiada efigie del tucán serán mínimas, aún comparadas con las del PRI. Los tos que cuentan para el sistema de Peña son los votos en las cámaras. Pero eso también se va a acabar. Lo que el diputado Jesús Sesma Suárez afirma un día sí y otro también es que se acabarán los delfinarios. Lo que no quiere decir es que se va a mermar el número de delfines en el mar. Los animales sometidos por el hombre al cautiverio y cambio de hábitos se convierten inmediatamente en vulnerables. La liberación de fieras de zoológico o circo en la selva, les deja desprotegidos frente a sus congéneres, habituados a la lucha cotidiana por el alimento y la guarida. Lo mismo pasará con los pequeños delfines que saldrán de los parques acuáticos donde la demagogia tenga terren fértil como lo es en México para ser alimento de tiburones. Pasto de demagogos.

felixcortescama@gmail.com

 

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