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Pasatiempos de un jubilado en Las Vegas

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El black out es un término del dialecto alcohólico, no precisamente referido a la cruda o la resaca. El black out es el olvido de lo que hiciste la noche anterior; una amnesia alcohólica, un borrar cassette. Si alguien te guía en tu memoria, si hace remembranza de lo que viviste la noche previa, puedes comenzar a recordar en cachos, a pedazos. La escuálida película The Hangover (traducida al español como ¿Qué pasó ayer?), basa su trama en el black out de un grupo de amigos que celebran una despedida de solteros delirante en el Caesars Palace de Las Vegas.

El jubilado sesentón que se pertrechó ayer con un arsenal en una habitación de hotel, para matar con un arma de fuego automática a 58 personas y herir a más de 500, sufrió un black out: un frenesí en negros, una lujuria de sangre y carne quemada que no aguardó el día siguiente para recapitular su crimen: se mató antes de pasar el resto de sus días recordando a pedazos sus múltiples homicidios en cuestión de minutos.

La violencia humana siempre tiene una dimensión instrumental o una expresiva. En el primer caso, importan los para qué de la crueldad: ¿para qué asaltó a un paseante? ¿para qué robó una casa? ¿para qué mató a su acreedor? En cambio, la dimensión expresiva puede ser inexplicable y misteriosa aún para el perverso. Pasa el tiempo del crimen que cometió, y el asesino se sigue cuestionando por qué lo hizo; se estremece y aún no puede racionalizarlo.

El jubilado de Las Vegas expresó su crueldad y se destruyó en su mismo acto cruel. No mató a rivales de su banda, ni a opositores de sus intereses personales, ni a enemigos suyos en un campo de batalla; agredió a cuerpos frágiles, no guerreros; atacó a seres indefensos para lanzar un mensaje a la sociedad norteamericana de ilimitada capacidad violenta. Curiosamente, esta violencia aislada, sin motivos, sin “para qué”, ha tranquilizado en vez de preocupar más a los estadounidenses: “lo que pasó ayer no fue por culpa de un fanático de ISIS, ni del Estado Islámico, ni de los terroristas”. Menos mal.

El remedio contra los “verdaderos enemigos” de EUA se mantiene firme: cerrar fronteras al extranjero, quitar visas a musulmanes, hacer razzias en comunidades de migrantes mexicanos. Mientras se ataca al extranjero, crecen los demonios domésticos. Se incuba el mal en la propia casa. Pero el black out les impide reparar en que la maldad pura puede yacer en el vecino de al lado, en el jubilado bonachón que le gusta cazar venados y la música country y jugar en los casinos y meter armas de grueso calibre en las habitaciones de hotel. Uno de los nuestros. Uno como cualquiera.

eloygarzamandela@icloud.com

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