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Miseria y muerte de un enemigo fiscal

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Una buena mañana de los años ochenta, Karl Hess, soldador de oficio, se levantó con la peregrina idea de dejar de pagar impuestos. No trató de evadir la tributación oficial, no interpuso artilugios legales para exentarse el pago de tal o cual tributo. Simplemente ya no quiso ser contribuyente fiscal.

Karl Hess era un hombre bueno: padre de familia, ciudadano ejemplar, solidario con sus vecinos. Quizá su único defecto lo había cometido en su juventud por escribirle discursos a políticos profesionales. Pero no involucró sus ideas anarquistas en sus escritos. Tenía su propia forma de pensar y su muy peculiar sistema de creencias.

Cuando Hess decidió convertirse en objetor de impuestos —que es casi como declararse pervertidor de menores o acosador sexual —, el Estado fue por él hasta su casa. Primero lo persuadió amablemente de cumplir con sus obligaciones fiscales. Después lo amenazó. Hess se montó en su macho aunque su resistencia era pacífica, incluso festiva.

No contento con eso, el Estado (siempre creativo cuando se trata de agredir disidentes y doblegar sublevados) en vez de encarcelarlo, lo castigó con un tipo de tortura más horrenda: no volver a manejar dinero el resto de su vida.

No se imagina el lector qué clase de condena al infierno puede significar que la autoridad pública lo prive a uno de hacer transacciones con dinero. Hess no podía comprar siquiera una aspirina en alguna farmacia. El pobre objetor de impuestos contó sus aventuras sin dramatismo en una autobiografía inolvidable: Mostly in the edge.

Vivir a base de trueque obligatorio, de cambiar soldadura pesada por comida, es el peor medio para sobrevivir. Kafka podría haber escrito una novela sobre eso. Al cabo de unos meses, Hess escribió al gobierno norteamericanos una nota lacónica: “me estoy muriendo de hambre”. Un burócrata de tercera le respondió con un telegrama: “es su problema, no el nuestro”.

Hess cuenta en su autobiografía que fue el Estado no él quien lo volvió anarquista. También lo convirtió en un muerto de hambre, en un zombi, un paria mal visto por su vecindario, por su ciudad, por su país. Cuando el objetor de impuestos murió en 1994, sólo sus íntimos asistieron a su funeral. El ataúd, de madera de pino, se lo donaron algunos altruistas.

eloygarzamandela@icloud.com

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