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La mula de Javier Duarte

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Por décadas — o más bien sexenios — los presidentes priistas de México veían a los gobernadores como subordinados. No enviaban a los estados a un virrey sino a un sumiso.
Los mandatarios gozaban de una fuente de riqueza federal que no ocupaban negociar con los gobernadores. Para robar se bastaban a sí mismos, a su gabinete y a sus proveedores favoritos. No necesitaban más cómplices.

Pero cuando Los Pinos cambió de siglas, y pasó del PRI al PAN, las barajas cambiaron de mano. Los sumisos se volvieron virreyes, mirreyes y hasta pequeños reyes: dueños de un reino personal. Cuando los priistas quisieron volver a la presidencia, con Enrique Peña Nieto, tuvieron que hacer la costosa campaña electoral, previa negociación con los reyezuelos.
Entonces se armó una complicidad entre superior y subordinados. El Presidente fue aupado al poder con dinero de los gobernantes aliados. Esta corrupción dividida, proyectó un aro de impunidad que los reyezuelos aprovecharon muy bien, en su favor. Así nació la era de los Duarte, los Medina, los Borge.
El Presidente lleva atado a su tobillo, con una soga de conchabanza, la suerte de sus ex gobernadores cómplices. Si se desbarranca uno o varios de ellos, lo empujan también al precipicio. Claro está, algunos gobernadores fueron más cínicos que otros. En Veracruz, por ejemplo, en tiempos de Duarte, ser periodista era una sentencia de muerte. Simplemente los levantaban y los mataban.
¿Se explica entonces que seamos tan escépticos de la extradición de Javier Duarte? ¿Se entiende por qué nos ofende esa sonrisa de burla impresa en su rostro, mientras lo llevan esposado a una prisión en Guatemala? La mula no era arisca, la hicieron gobernadora y dejaron que se moviera sin rienda y sin espolearla siquiera.

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