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Déjame que te cante yo también

Por:

¿Qué será de Borinquen, mi Dios querido,
qué será de mis hijos y de mi hogar?
Rafael Hernández, Lamento borincano

No hay duda de que al lado de El Barzón, en la cual Luis Pérez Meza revolucionó la poesía popular mexicana que son sus canciones, el Lamento Borincano que en su exilio de Nueva York le escribió a su patria el jibarito Rafael Hernández, son las primeras canciones de protesta y contenido político en nuestra América. Déjenme mencionar, por si se les ha olvidado: a esas dos bellas canciones se les debe alinear junto al canto rebelde de las Sixteen Tons que es el canto que en los años cincuenta puso en la mesa social la explotación de los mineros de Kentucky. “Saint Peter don´t you call me ´cause I can´t go: I owe my soul to the company store”. Cuando ya uno no es dueño ni de su propia muerte, la cosa es triste, y dieciséis toneladas extraídas de carbón no salva esa tragedia.

Pese a que no se reconozca así, el periodismo es un oficio duro. Mi primera asignación de reportero hace 58 años fue cubrir la muerte de un albañil que tocó sin querer los cables y con el choque eléctrico cayó del segundo piso a la muerte; me tragué las lágrimas, sí, de mi juventud y la bilis de mi enojo, porque aquella muerte no era mía y yo estaba ahí simplemente para contar la historia. El obeso profesor Oscar F. Castillón, quien fue mi primer maestro, me dijo que un reportero no tiene derecho a sentir, y que un muerto en la esquina era más importante en el periódico, que mil fallecidos por el volcán Krakatoa. Desde luego que estaba equivocado.

Los mexicanos de la capital estamos igualmente equivocados ahora: nos duele la miserable corrupción de la escuela Rébsamen y sus muertos mucho más que la destrucción virtual del Istmo aislado y lejano.

¿A quién le va a importar entonces la destruccion total de Puerto Rico, en donde no hay más agua que la que trajo el huracán María, eso sí en abundancia,  ni más electricidad que la que baja de los rayos? ¿ A quién le importa la tragedia de la isla del amor, la que el gran Gautier – no Théophile, sino José Gautier Benítez– llamó la perla de los mares? Desde luego al Presidente Trump de los Estados Unidos, a la que pertenece con derechos restringidos Puerto Rico, no.

Hoy martes Trump debe aterrizar en algúna isla cercana para hacerle el favor a los portorriqueños de una visita. Más de una semana después del percance.

Simultáneamente, y en programa, debe estar llegando a puerto en San Juan, hoy o mañana, un enorme barco blanco que tiene la cruz roja por emblema, gran número de quirófanos y cuartos de hospital que se llama USNS Comfort, y que cuenta con los mejores adelantos de la ciencia médica. El domingo por la noche en la televisión estadunidense me enteré que cada día la vida del barco Comfort cuesta diez millones de dólares, cosa que dudo, y que no había zarpado de Virginia para auxiliar a Puerto Rico, porque la política del Estado establece que el recipendario de la ayuda, que es un estado asociado pero no es parte integral de los Estados Unidos, tiene que pagar el 25 % de su costo.

Aunque los portorriqueños sean ciudadanos de los Estados Unidos, paguen impuestos y sirvan en sus fuerzas armadas muriendo en tierras lejanas. Y aunque Puerto Rico tenga su economía quebrada desde antes que el huracán María entrara a su tierra por Fajardo.

Se necesita, para ello, no tener patria. Que es como no tener matria.

felixcortescama@gmail.com

 

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