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Cuídenle las manos al desconocido

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Ayer terminó la primera etapa de un martirologio al que los habitantes de este país debiéramos estar acostumbrados: de cuando en vez la tierra se despereza por alguno de nuestros flancos y se deshace de aquello que le estorba. Dicen los expertos que se toma alrededor de treinta años en volver a presentarse un movimiento sísmico de grandes proporciones, pero la naturaleza no tiene palabra de honor y podemos esperar en cualquier momento otro sismo.

Después de dos semanas de angustia para una docena de familias, los restos de la única víctima que todavía permanecía bajo los escombros de un edificio en la colonia Roma. Ahora comenzará lo más difícil, la reconstrucción.

Los fenómenos naturales catastróficos tienen la peculiaridad de poner al descubierto los defectos de la sociedad, especialmene la injusticia y la corrupción. Inundaciones o sismos suelen ensañarse con los más humildes. Los que edifican sus casas en las márgenes de los ríos o las faldas de los volcanes, los que son engañados por constructores amorales y funcionarios corruptos que les dejan edificar dónde no se debe y utilizan materiales chafas que les proporcionan mayores ganancias.

El fenómeno se repite lo mismo en Puerto Rico, Haití o la ciudad de México. El caso emblemátco del colegio Rébsamen es apenas un botón de muestra que todavía nos debe una explicación y un ejercicio de justicia. La sociedad mexicana nos dio una nueva muestra de su virtuosa solidaridad en los temblores de septiembre 7 y 19. Pero ojo, también nos reveló sus vicios. Lo que no vivimos en 1985, el pillaje y el robo, se manifestó en 2017. ¿Será que nos hemos transformado como sociedad o simplemente somos más pobres?

No lo sé. Lo que me queda claro es que nadie puede darnos una explicación conbgruente y clara de cómo se va administrar la cantidad enorme de fondos que se está acumulando ya gracias a la generosidad de individuos célebres o no y de instituciones que apaortan peso sobre otro peso de los donativos.

Muy bien. El otro día en Oaxaca el Presidente Peña lanzó el programa de caritativas tarjetas por un monto de ochenta mil pesos para los que perdieron una casa. Simultáneamente la banca ofreció un crédito blando de cien mil pesos adicionales para reconstruir las casas. Las tarjetas despiertan una reminiscencia del uso de las despensas y los sfondos públicos para condicionar las preferencias electorales. Hay que reconocer que la reacción presidencial y de su aparato mostró un contraste dramático con las de  1985. Pero, ¿por qué los fondos millonarios que el Estado dice tener y los mexicanos han incrementaado, no se les entrega directamente a los damnificados ala avés de los bancos con una garantía gubernamental y su red de cajeros automáticos en créditos por los que el gobierno pague los intereses y sanseacabó?

Sigue pendiente la certeza de que los fondos serán bien aplicados: ¿quién va a vigilar las manos por las que van a pasar los dineros? Debiera existir un sistema de supervisión y vigilancia de la caridad oficial. Porque de los desastres naturales no nos vamos a deshacer.

felixcortescama@gmail.com

 

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