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Cuando Dios es mandatario

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El gobernante que se cree Dios es una de las peores enfermedades para un país. Los megalómanos abundan lo mismo en las artes que en los negocios. Sin embargo, Salvador Dalí, que se consideraba a sí mismo un Dios, no hizo daño a nadie. Steve Jobs, que se creía superior al resto de los mortales, no gastó un solo dólar que no ganara en sus empresas privadas.

En cambio, un sociópata con poder político arruina las finanzas de cualquier país. Y el continente africano, igual que América Latina, está lleno de esos ególatras marca diablo. Uno de ellos, Jean Bedel Bokassa, tuvo la ocurrencia de coronarse rey de su nación a mediados de los años setenta, imitando la ceremonia en la que Napoleón se erigió emperador.

Da igual que Bokassa, Idi Amin o Donald Trump se crean infalibles. Allá ellos. El problema es que rinden culto a su personalidad con el dinero de los ciudadanos, a quienes ven como súbditos. A mis amigos africanos les conté un sueño perverso: de tener frente a mí a alguno de estos sociopatas le daría una cachetada para que supiera que es un simple mortal.

“¿Te atreverías a hacerlo?” me retó uno de mis amigos y yo envalentonado le contesté que sí. “Pues yo te presento a uno. Tengo familiares en Sierra Leona. Allá llegó al poder siendo muy joven un megalómano de la misma edad que tú. Se llama Valentine Strasser”. Como todo gobernante que rinde culto a su personalidad, Valentine se mandó hacer un palacio, estatuas, retratos, poemas glorificándolo y varias decenas de discotecas en donde bailaba cada noche con una modelo distinta. Nunca usó dos veces la misma camisa, todas marca Versace”.

Su caso me pareció tan trillado que no llamó mi atención. Menos cuando la mala suerte lo zarandeó después hasta el cansancio: duró muy poco en el poder (no todos los sociópatas son tan afortunados). Un golpe de Estado lo exilió a Inglaterra. Allá vivió de incógnito, casi en la miseria, como estudiante en la Universidad de Warwik y de arrimado en el departamento de una novia, hasta que descubrieron su verdadera identidad. Le dieron una paliza en la estación de un metro de Londres y lo expulsaron del país.

“Ahora vive en Nairobi”, me aclaró mi amigo africano, “es un cincuentón encorvado; está casado con una prima mía y es diseñador gráfico, pero no tiene empleo estable”. De su anterior vida como mandatario divino apenas le quedan un par de poemas alusivos a su origen celestial, tres camisas Versace y una fotografía montado en un tanque de guerra que ya subió a su muro de Facebook. “¿Quieres conocerlo?” me preguntó y como le respondí que sí, me invitaron a Kenia, con unos boletos de avión a mitad de precio, aprovechando la temporada baja y hospedándonos en su propia casa.

No pienso darle ninguna cachetada a Valentine Strasser, pero sí le enumeraré la lista de dictadores de la que no formó parte, porque el destino (a veces tan justo) no le dio oportunidad.

eloygarzamandela@icloud.com

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